Colegios de monjas

Yo también fui una víctima  de los colegios de monjas. Como era el colegio que estaba al lado de casa, no hubo escapatoria. Mi familia dice ser católica,  de ese catolicismo que sólo ve la luz en bodas, bautizos y comuniones. Así que el motivo no fue otro que la cercanía y los buenos precios.

En el cole enseguida fui conocida como la niña que misteriosamente no tenía padre. También era la niña de la familia extremeña. Mientras mis compañeras de clase cantaban Txirri, eta Mirri eta Txiribitón, yo volvía a casa tarareando alguna de Manolo Escobar.

Por si esto fuera poco, mi madre, creo que en un intento de protegerme, me entrenó para que cuando alguien en el colegio me preguntara por mi padre, yo contestara que había sido fecundada por el Espíritu Santo. Creo que por aquel entonces la mujer  no se esperaba que esa respuesta la iban a recibir todas y cada una de las monjas del centro.

A pesar de todo esto, me las apañe para ser la hembra dominante de la clase. Ya en el instituto entendí que todo había sido un mecanismo de defensa para la supervivencia escolar, pero el caso es que siempre estuve rodeada en el recreo.

Nunca fui buena estudiante, pero he de admitir que los temas de redacción los bordaba. Tanto que durante años tuve que soportar las insistencias de Sister Muffin diciéndome una y otra vez que yo valía mucho y  tenía que ser escritora. Llegó a convertirse en una pesadilla. Al llegar la Navidad era la chica mala de clase y al mismo tiempo la encargada de hacer una versión juglaresca de apartados concretos de la biblia. Mi credibilidad perdía sentido por las encerronas de Sister Muffin. La odiaba.  Yo ya tenía suficiente siendo la huérfana de padre en un colegio donde muchas de las monjas, de vez en cuando se hacían las despistadas y sacaban el tema preguntándome cosas tipo: “¿Esta vez vendrá tu padre a la reunión?” A lo que yo contestaba: “Quizá, siendo el Espíritu Santo, sabe usted que en estas fechas suele tener mucho lio”.  Conocía el aula de castigo mejor que nadie. Tan austera como los zapatos con suela de goma que llevaba Sister Muffin.

Ahora con los años y ganándome la vida colocando las palabras una detrás de otra, reconozco que me jode admitir que Sister Muffin fue una visionaria. Pero eso no quita que le vaya a perdonar todas aquellas tardes en el aula de castigo, comiéndome la cabeza mientras me hablaba excesivamente cerca y terminaba con tres toques en el culo. No, no, no. No olvido, y no perdono.Sólo admito que quizá tuviera razón.

*foto editadas con Retromatic y Vintage Deco.

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