Una infancia normal (l parte)

Antes solía decir que “Mi  infancia fue normal“, pero ahora que soy mayor y veo la normalidad desde otro punto de vista bastante más objetivo, soy consciente de que mi infancia no fue normal  ni de lejos.  Eran los años 80 y mi familia había dejado un pueblo de Extremadura para buscar suerte en el Pais Vasco. A los años de esta aventura, mi madre decidió tenerme estando soltera. Durante muchos, muchos años vivimos en casa de mi abuelos. Para mi en aquel entonces todo era normal.

La persona que compartía habitación conmigo y tenía edad de ser mi hermana mayor, en realidad era mi tia. Los primeros recuerdos que tengo de ella no le hacen justicia. La pobre estaba aún en esa edad delicada y tenía que lidiar con la pequeña niña sin padre a la que toda la familia mimaba hasta decir basta. Yo era feliz, era la favorita, todos me querían y aplaudían, ya de pequeña era la fucking jefa. Mi tía no me soportaba, yo lo sabía, ella lo sabía, todos lo sabían. Mi abuela preferia decir que me tenía pelusa. A mi eso de la pelusa me hacía mucha gracía. No tenia ni idea de lo que quería decir, pero tenerle pelusa a alguien puede ser de todo menos malo. El caso es que con pelusa o sin ella, mi tía era la que mejores planes me hacía. A pesar de pillarle en pleno pavazo y cargar conmigo a regañadientes, era la encargada de sacarme de paseo y mil cosas más.

Yo debía tener 5 años cuando mi tia tuvo la gran idea de comprar una silla para anclar a la parte de trasera de su bicicleta. Creo que era de las primeras sillas que se hacían, o al menos no fue nada fácil dar con ella. Finalmente la consiguió, y entre mi abuelo y ella la dejaron fija en la parte trasera. A partir de ese momento, cada vez que mi tía cogía la bicicleta, me subía a mi en la parte trasera, se aseguraba de dejarme bien atada y se montaba y empezaba a pedalear conmigo allí detrás. A mi el vaivén, el paisaje y supongo que la hora de la siesta, me dejaba atontada, tanto que al poco de estar subida me quedaba dormida. Cuando terminaba el paseo ella siempre volvía gruñendo por haberme quedado sopa.  Decía que para dormirme antes de llegar a la esquina, no cargaba conmigo. Pero yo no lo podía evitar. La siguiente vez, me pasaba lo mismo y ella se volvía a mosquear. Pero nunca se fue dejándome en casa. Al final yo tenía razón, y la pelusa no debía ser mala.

Que mi tía me  tuviera entre rabia y envidia, estando en plena edad de pavo, era normal, pero que  se preocupara por sacarme de casa y hacerme planes guays, se salía más de la norma.. Este tipo de cosas, con el paso de los años, me han hecho tener una clara visión entre el bien, el mal y la existencia o no de Dios.

No suelo ser muy ñoña ni nada por el estilo, pero quizá la dureza del turrón haya ablandado ciertos aspectos en estas señaladas fechas y este recuerdo me ha acompañado los últimos días.

 

 

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