Cartas de amor y mala hostia

cartas de amor

A los 14 años sufrí el desengaño amoroso más tonto de la historia.

En una edad en la que las niñas de mi clase en general y las de mi cuadrilla en particular empezaban a fijarse en chicos y a bailar con ellos en la hora de las lentas de la discoteca de la aldea, yo ya despuntaba maneras y tenía que frenar cualquier posible rumor sobre mi sexualidad o asexualidad, que para mi era más lo segundo.

Como empezábamos a estar con un grupo de chavales un año más mayores que nosotras y nos sentíamos super guay por compartir soportal con un grupo que en el fondo eran una panda de flipados con acné (como nosotras), la vida me lo puso fácil y decidí colgarme del más fanfarrón del grupo. Con los años me he dado cuenta de que menos mal que al final me encaminé, porque siendo heterosexual mi gusto dejaba bastante que desear.  Me cuentan que hoy en día aquel chico gracioso y engreído se ha convertido en un hombre agradable y respetable, todo he de decirlo, que seguro que me está leyendo y he podido comprobar que es cierto.

La cosa es que a mí los 14 años me pillaron más mística que una barrita de incienso pachuli. En la época me había dado por escribir poemas con títulos como “ la amistad en un tronco difícil de derribar“.  Vamos, que si ahora mismo me hiciera con un condensador de fluzo, volvería a los 90 y me borraría la tontería con una patada voladora impulsada por unas reebok pump. Me sentaría a mi misma y con una recortada me haría prometer soltar la pluma hasta el 2010, fecha en la que comencé a distinguir un poco más entre el bien y el mal. Todo con tal de no haber pasado por aquel ridículo tan espantoso y haber sentido en mi interior ganas de introducirme en la kale borroka para aprender a fabricar mi propio cóctel molotov y agredirle en la puerta de su colegio delante de su panda. Todo eso.  Pero como era de esas que dicen, tan buenas que al final parecen tontas, sobrellevé la situación lo mejor que pude y todavía hace un par de años me casqué un karaoke con él en la fiesta de cumpleaños de un amigo. Para que luego digan que los vascos somos rencorosos.

No recuerdo qué me impulsó a hacer lo que hice, pero el caso es que no tuve mejor idea que escribirle una carta de amor a aquel insensato que aún  carecía  de empatía, saber estar e introversión vasca (como cualquier chico de su edad en realidad). Pero allí que me lancé al peligro sin red de seguridad. Le escribí una carta de amor como si no hubiera un mañana. La carta en sí me da como igual, lo que me jode es que ese amor era más falso que los billetes que están rulando de 30 euros. Vamos, que me gustaba más la panda de su hermana que cualquiera de sus rizos, pero en la época hubiera sido una noticia para Txingudi Telebista si la carta hubiera estado dirigida a alguna chica y yo prefería despuntar tiñéndome el pelo de colores y no por ser una tortillera de esas que vestían cuadros y pantalón sobaquero. Y mira que llevar el pelo de colores es lo más gay que conozco, pero la ignorancia juega malas pasadas… y la cabra tira al monte aun cuando no conoce el camino.

Por lo que sea, no recuerdo el momento de la entrega. No sé si le di la carta en mano, si se la dio alguna amiga mía pensando que hacía el bien, o se la deje en el buzón de su casa. Lo que recuerdo fue el día que llegué a casa a medio día para comer, y estaba toda mi familia esperándome en la cocina. ¡Nunca les había visto con semejante cara de cabrones! Me vieron  y empezaron a decir en voz alta frases que había escrito en aquella puta carta que leyó toda mi familia y parte de la suya. Repito que hablo desde el cariño, pero es que hay que ser capullo para leer la carta delante de toda tu familia y encima tener los huevos de leérsela a mi tía, que por aquel entonces trabajaba limpiando en su casa. Mi tía, que encima aprovechaba la mínima para chincharme porque me tenía pelusilla, pues claro, sintió que le tocaba el gordo de la lotería con tanta carnaza.

Supongo que me encerré en mi cuarto a desgastar parte de las muelas del berrinche y me cagué en él todo lo que pude. A partir de aquel momento el amor que le podía haber fingido se convirtió en un odio bastante más real que toda la parafernalia de la carta.  Por si fuera poco, a los años me tocó con él en clase en el instituto. Se ve que por la época el Karma se hacía la picha un lío.

Hoy por hoy todo este asunto podría estar olvidado si no fuera porque uno de sus amigos de la chupipandi  se ha convertido en mi compañero de batallas y me recuerda el tema cada vez que necesita echarse unas risas o le da el bajón de los lunes pillando el metro de camino a la oficina… Con un poco de suerte se imprimirá este texto y ya no tendrá que recordármelo tan a menudo.

 

 

 

 

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4 Comentarios en este Post

  1. Querida Loser… que malos son los hombres… a más granos en la cara, más mala leche!!

    http://www.adolestreinta.com/2013/06/adolestreinta-y-cardiac-que-mas-se.html

  2. ladychena dice:

    Y no puedes recuperar la carta? O hacer un poco de memoria? Molaría leerla, y prometeríamos no reírnos… total, todos hemos tenidos amores absurdos en la adolescencia.

    • Una Loser dice:

      pues no creo que él la tenga guardada… la verdad!!! De todas formas le escribí otra a Aitana Sanchez Gijón…. lo mismo ella sí la tiene!!!

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