El mal de las relaciones adultas

Siempre he sido experta en meter la pata y hacer el ridículo, dos cosas que van de la mano aunque a veces hacen vidas independientes.

A los 16 años decidí que como mi destino probablemente era ser lesbi, al menos tendría que ser algo más intelectual, madura o no sé, algo que no fuera simplemente salir del cole y comer pipas en el banco del parque. Sentía que tenía que hacer algo además de cortarme la melena y dejarme hecha una mamarracha de pelo corto.

Me hice de la biblioteca municipal y me pasaba allí las tardes, más de zorreo que de otra cosa, la verdad, siempre me gustaron estudiosas. Empecé a coger libros que me llevaban a pasar horas delante del diccionario y descubrí que además de en Estados Unidos, también se hacían películas en Europa y estas requerían gafas de pasta y mucha, pero que mucha paciencia.

Todo esto coincidió con la llegada de una profesora sustituta en el colegio de monjas. Una chica joven con aspecto rebelde y piercing. Si majas, ¡piercing! Para qué quería más. ¡“Una moderna” en mi cole con licencia para educar! ¿Pero qué estaba pasando? Estaba salvada. Lo tenía clarísimo, sería como en las películas. (americanas, por supuesto, porque un guión así en el cine europeo era drama asegurado) Chica perdida en colegio de monjas descubre una profesora de mente abierta. Profesora de mente abierta descubre chavala atormentada y decide salvarla hablándole del mundo exterior. Yo lo tenía súper claro, estaba decidido. Además aquel año estaba siendo especialmente duro porque Sister Muffin, de la que ya he hablado, intentaba a toda costa convertirse en mi salvadora.  Pero es que no la soportaba y su tendencia a tocarnos el culo era muy molesta.  Y no lo digo porque las lesbianas veamos lesbianas en todas partes… Las niñas de mi clase,  todas ellas más heterosexuales que Norma Duval, cogían aire y carrerilla cuando se acercaba el momento de subir el tramo de escaleras que ella vigilaba. Palabrita, le perdían nuestros pompis, como ella los llamaba.

Sister Muffin enseguida se dio cuenta de que me estaba perdiendo debido a la nueva adquisición y lejos de abandonar como perra vieja y sabia, seguía metiendo el hocico para que me llegaran sus mensajes subliminales desde cuerpos más jóvenes y entrenados.

Los primeros días fueron patrocinados por la felicidad y el buen tiempo. Sentía que esa chica interesante que creía ser, por fin encontraba a alguien a la altura de sus aspiraciones e intereses. Hablo en tercera persona porque definitivamente aquella chica ideal de la que hablo, en realidad nunca llegué a ser yo, fue un producto de mi imaginación.  Mis bases para esta decisión eran muy sencillas: Yo quería un piercing, ella tenía uno. A la vista estaba que estábamos predestinadas a entendernos.

Fue cuestión de días que me viniera arriba sintiéndome súper especial porque la profesora nueva y yo íbamos a ir a tomar un cortado después de clase. Además el acontecimiento, que ya de por sí era magnífico, dio pie a al comienzo de mi etapa en los bares, esos sitios en los que aprendí a desenvolverme con soltura desde mi temprana edad.

bares

No me entraba una paja por el culo, porque a pesar de no tener claro lo mío, las plumas ya se me iban de las manos y mezclaba la necesidad de conversar de temas adultos con la necesidad de aclarar mi sexualidad.

Aunque sabía que simplemente era un cortado estaba tan nerviosa que solté la imbecilidad más grande que he dicho hasta la fecha. Yo quería parecer una chica interesante y madura, pero más me hubiera valido que se quedara con la sensación de “A esta lerda le ha comido la lengua el gato”. Por evitar cualquier tipo de silencio incómodo me lancé a hacer preguntas estúpidas. Hice muchas, pero todas quedaron en el olvido tras la siguiente conversación:

Yo- ¿Tienes algún hermano de mi edad? (como si a mi me interesase realmente el bando masculino de su familia)

Ella- Uno, es un poco más mayor que tú.

Yo- Genial,  ¿está bueno?

Ella- Hombre…Tiene Sindrome de Down

Yo- Ah, entonces no está bueno. ¿Pedimos la cuenta?

 

Hasta aquí llegó mi primera relación adulta. Quise morirme de la vergüenza, primero por hacer aquella pregunta que denotaba mi imbecilidad suprema, pero además por mi reacción a su respuesta, que la pobre debió pensar que yo era tonta del culo aunque como buena educadora supo encajar mi falta de tacto.

Ese día retomé el colacao y a las Gemelas de Sweet Valley. Terminé con Edgar Allan Poe, que a fin de cuentas me parecía un tío imposible y decidí volver a relaciones más simplonas, donde al fin y al cabo resaltaba más mi ingenio y agilidad mental. Supe que es en el país de los ciegos donde el tuerto es el rey y me aclimaté enseguida a un nuevo reinado.

Lo malo es que a los pocos meses Lucía Etxebarria aparecía en nuestras vidas con un libro titulado “Amor, curiosidad, prozac y dudas” y volví a convertirme en una gilipollas con necesidad de nuevos aires.  Pero esto ya en otro post.

 

 

 

Be Sociable, Share!

1 Comentario en este Post

  1. Pues oiga, a mi me pasa esto con el cine frances, me ha hecho ser una petarda romántica. Tendria que haber consumido mas cine italiano donde el sexo sin remordimiento es lo que prima….ay ma!

Deja tu comentario...